Doblarse sin quebrarse

Me he doblado, pero no me quebré. Y eso es de celebrar.

Han sido días, semanas, meses de acrobacias físicas y emocionales. Noches oscuras, días que amanecen con incertidumbre… que me doblaron, que me llevaron al límite, pero aun así no lograron quebrarme.

Les voy a contar mi historia, pensando en que quizás encuentren su propio reflejo en ella. Reconozcan logros y fallas. Decidan hacer cambios y ajustes, y vean que podemos caernos sin acostumbrarnos a quedarnos en el suelo.

Ayer corrí la media maratón de Rock and Roll en Washington D.C. Llegué casi 20 minutos más rápido que hace un año y con 14 libras menos. Con la medalla en la mano, dejé escapar lágrimas de emoción y satisfacción, recordando que, hace exactamente un año, también con una medalla en la mano, me había sentido fracasada y destruida y había prometido salir del hueco tan hondo en el que yo solita me había metido.

¿Qué cambió?

Esa noche me senté frente al espejo y me dije la verdad. Reconocí que estaba a la deriva, que si seguía por donde iba, en un año más no me reconocería, y decidí buscar ayuda. Sola no lo había logrado, necesitaba un ejército.

Empecé encontrando a Ashley, mi entrenadora, quien me ha acompañado en este proceso de pérdida de peso y me llevó a terminar mi tercera maratón en tiempo récord. Me dediqué a leer sobre disciplina, emociones, autosabotaje, sobre cómo escogerme en momentos difíciles y cómo protegerme. Cambié mi alimentación —aunque a veces me caigo— y he hecho esfuerzos reales por priorizar el descanso y el sueño.

En el camino, también terminé el borrador de mi libro. Lo trabajé con una amiga del trabajo a la que ADORO, y me ayudó a corregir los textos. Estoy en el proceso de encontrar quién lo publique. Con la ayuda de Laurita, otro ángelito que Dios puso en mi camino, lancé finalmente la página de mi negocio de corazones y he hecho mis primeras ventas.

Releo los párrafos anteriores y no entiendo por qué no estoy de fiesta… Una vez más, Cristina siendo Cristina, estoy restando en vez de sumar. ¿Por qué no celebro y punto? ¿Por qué no me reconozco y ya?

Porque la vida no es tan clara, porque en medio de todo esto también me ha puesto a prueba con retos y pérdidas profundas. Se murió Edwing López, mi camarógrafo, mi amigo, en el mismo mes en que perdí a mi sombra —Troy y Uma—, mis perros y compañeros incondicionales. El vacío que dejaron no se explica fácil ni se llena con nada. Y aun así, seguí corriendo, me seguí levantando, a veces arrastrando.

En lo profesional, estamos en guerra. Mientras muchos libros de autoayuda recomiendan alejarse de las noticias, yo vivo de ellas. Las respiro, las proceso, las cuento. Llevo sobre mis hombros la responsabilidad de hacerlo bien, de dar todos los ángulos, de no fallar. Eso a veces pesa, porque exige desveladas y madrugadas, coberturas que se comen el día y la noche, y a veces le ganan a los entrenamientos, al descanso, a la disciplina.

Y mis corazones… quisiera hacer más, ser más constante, crear más. Pero también aparecen las dudas: ¿por qué no estudié esto? ¿por qué no crece más rápido? ¿por qué el libro se tarda tanto? ¿será que no sirve?

Y en mi entorno familiar, ha habido silencios más largos de lo que deberían, abrazos que se han quedado pendientes, cariño guardado. También he vivido momentos difíciles, retos personales que prefiero mantener así, personales, pero que han estado ahí, quitando sueño, enfoque y paz.

En otras palabras, he vivido.

Entre logros reales y batallas aún en marcha —no dije fracasos, estoy aprendiendo—, la vida me ha doblado, y mucho, obligándome a seguir, a veces coja, a veces cansada, aceptando siempre que lo pude haber hecho mejor, que no siempre llegué como quisiera: ni tan rápido, ni tan entera, ni tan sonriente.

He seguido incluso cuando lo único que quería era meterme entre las sábanas y dejarlo todo para después.

Y hoy decidí contarles mi historia, para invitarlas a que se cuenten la suya. Para que se sienten frente a su espejo y se digan sus verdades. Comprométanse a cambiar lo que quieren cambiar, a reclutar ayuda si sienten que hay cambios que solas les quedan grandes, decidan pararse aun si se sienten caídas, y decidan dejar atrás lo que ya no funciona.

Estoy segura de que, al final, llegaremos a una conclusión compartida.

Me he doblado, pero no me quebré. Y eso es de celebrar.

¡Arriba corazones!

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Un corazón corredor