Un corazón corredor

Ahí, entre millas, ampollas, sudor, sufrimiento… y gloria, nos encontramos con Dios.

Me apestaba el aliento, me pesaban las nalgas… y odiaba la imagen que me escupía el espejo.

Había vuelto a fumar. Estaba deprimida. Y cada vez que sentía que había tocado fondo, abría un hueco todavía más hondo.

Necesitaba una medalla.

Les confieso que el tiempo ha volado. ¡Han pasado diez años desde ese enero, en que empecé a correr y una milla entera parecía demasiado!

Poco a poco me he ido reconquistando, saliendo de lo que llamo la inmunda. Y aunque a veces entro y salgo, o vuelvo a caer, correr ha sido mi salvación. Meditación, oración, escape.

A lo largo de muchos miles de millas he encontrado almas gemelas. Gente que me ha acompañado en el camino.

Edwing López, mi camarógrafo cuando llegué a Washington DC, fue uno de ellos.

Nos reíamos. Nos perdimos mil veces. Terminamos en barrios poco recomendables… y él siempre filmando.

Nunca volveré a tener videos como los que grababa él de nuestras corridas.

Corríamos en hoteles, en las ciudades a las que viajábamos, por los monumentos de Washington al amanecer. Corríamos juntos… por la vida.

A Edwing se la cegó el cáncer. Lo perdí el 12 de enero.

El próximo sábado voy a correr la media maratón de Rock and Roll de Washington DC en su honor. Y he estado recaudando fondos, inscribiéndome a través de St. Jude, para ayudar a encontrar una cura al cáncer infantil.

Desde hace años estoy preparando un libro sobre correr. Pero esto no es ese libro. Aquí solo les cuento una de sus partes: mis millas con Edwing.

Y lo que más nos unía… un corazón corredor.

Porque nos confesábamos la vida y compartíamos de todo: desde el último chisme hasta nuestros sueños más absurdos, en cada excursión.

Y hablábamos de nuestros mantras de corredor, que terminan convirtiéndose en la constitución según la que vivimos la vida:

Corre la milla en la que estás.
Mejor millas que pastillas.
Miles and smiles.
Si no te dan las piernas, sigue con el corazón.
Ojo con los corredores: saben convertir la miseria en triunfo.

Ahí, entre millas, ampollas, sudor, sufrimiento… y gloria, nos encontramos con Dios.

Le agradecemos cada paso, cada latido.
Por el sol, el frío, la lluvia…
por bendecirnos con la oportunidad de estar ahí.

Edwing seguramente anda corrierondo y fotografiando angeles allá entre las nubes.

Pero su espíritu sigue aquí conmigo, milla tras milla.

Y a lo largo de esas 13.1 millas este sábado, sé que estará ahí… marcando el paso y haciéndome reír.

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