No hay superhéroes con cuatro horas de sueño.
La capa sigue ahí.
Colgada.
No me rendí.
Escuché el grito de mi corazón.
Me merezco la SIESTA.
Me derrumbé.
Sin drama. Sin espectáculo público.
Pero por dentro… turbulencia. Crisis total.
Deprimida. Encabronada. Vulnerable.
Todos los pensamientos por el desagüe, directo al sótano 4.
Nadie ve mi esfuerzo.
Nadie entiende. Nadie reconoce.
¿Mi proyecto del corazón? Estúpido. Flojo. Una fantasía ridícula.
No he corrido lo suficiente.
Hace dos semanas sentía que podía ir por un récord.
Ahora me pregunto si siquiera voy a terminar.
Colegas. Familia. Amigos.
Todos quieren un pedazo de mí. Estiran. Jalan.
Plazos límite. Textos urgentes. Necesidades. Pedidos.
Nadie llama solo para preguntar.
Nadie ofrece una mano, un poco de aliento.
Solo exigencias constantes.
Ya no doy.
Estoy fracasando.
¡La estoy cagando otra vez!
Comí de más.
Estoy emputada. (Perdonen la elegancia).
Crítica. Cortante.
Entré en pánico.
¿Y lo peor?
Me creí la espiral.
Lloré hasta quedarme dormida el viernes en la noche.
Dormí más de lo normal — tanto que me arrastré a correr pasado el mediodía.
Normalmente a las 9 a.m. ya terminé.
No fue fuerte. No fue rápido.
Pero por la milla cinco (¿qué tiene la quinta milla, corredores?) la neblina empezó a aflojar.
No fue rendimiento.
Fue supervivencia.
Todo esto no pasó en el vacío.
Fue la semana del State of the Union — el Estado de la Nación del presidente Trump.
Noches largas. Mucha presión. Tensión en cada edición.
La audiencia sobre los Clinton/Epstein se extendió — noticia delicada, política, reputaciones en juego.
Muchas versiones. Muchas narrativas. Cero margen de error.
Mi equipo y yo lo sacamos todo. A tiempo.
Incluso cuando las audiencias se alargaron.
Recibí un mensaje desde muy arriba.
Uno de mis jefes.
Lo vio.
La preparación.
La presión.
La cuerda floja.
Entendió lo tenso que puede ser desempeñarse bien en ese momento.
Lo necesitaba.
Lo agradecí.
Sus palabras me ayudaron mucho.
(Nota: espero haberle agradecido lo suficiente a mi equipo. Es más, mañana les llevo pandeyucas).
Pero esto no se trata de esperar aplausos.
Eso será otro post.
Esto fue lo que entendí:
A pesar de la neblina.
A pesar del autoataque.
Mis reportajes fueron sólidos, justos y puntuales.
Hice mi blog.
Hice mi newsletter.
Planeé y cociné comidas.
Estuve pendiente de mi familia.
Lavé ropa.
Leí.
Sumé más de 25 millas.
No las más rápidas. No perfectas.
Pero sumaron. Y ahí están.
Eso no es colapsar.
Es agotamiento.
En una sesión de edición mi Garmin empezó a sonar.
La alerta era tan escandalosa que tuve que apagarla.
Frecuencia cardíaca por encima de 100.
Esto no era drama personal.
No estaba en mi cabeza.
Mi cuerpo estaba dando alaridos.
Uno no puede controlar la biología.
No estoy de regreso al 100%.
La falta de sueño y comer mal no se limpian de un día para otro.
Pero ahora sé:
No me rompí.
No me quemé.
No fracasé.
Me estiré demasiado.
Lo di todo.
Y no hay superhéroes con dos días de cuatro horas de sueño.
Así que este fin de semana elegí bajar el ritmo.
La capa sigue ahí.
Colgada. Esperando.
No me rendí.
Escuché el grito de mi corazón, suplicándome que PARE.
Me merezco la SIESTA.
